Amritsar es famosa sobre todo por el maravilloso Templo Dorado o Templo de Oro, el imponente santuario de los sijs, al que acuden en masa para ver de cerca el Adi Granth, el libro de las escrituras sagradas, al que los sijs consideran su dios o su guía espiritual. Este espectacular centro de peregrinación recibe más visitas incluso que el mundialmente conocido Taj Mahal. Desgraciadamente, un hecho terriblemente trágico ha hecho célebre la ciudad por otros motivos. Se trata de la tristemente famosa matanza de Jallianwala Bagh, una masacre en la que las ráfagas británicas asesinaron impunemente en este jardín cerrado a más de 1.500 personas desarmadas que pacíficamente clamaban por la independencia de la India.


El aeropuerto de
Amritsar (Sri Guru Ram Dass Jee) es pequeñito, casi familiar, una cosa parecida
al de Alvedro, en La Coruña. Como es lógico, para evitar problemas nos
presentamos con bastante antelación, algo así como tres horas de adelanto. Tomamos
el picnic que nos habían proporcionado en el hotel y, una vez pasados los controles
policiales, nos entretuvimos como pudimos en la sala de espera. Mientras
esperábamos la salida del vuelo AI-462 hacia Delhi, algunos decidieron gastar el tiempo
sobrante exprimiendo al límite las rupias que les quedaban en la cartera o dándole otro
apretón más a la tarjeta de crédito para hacer las últimas compras innecesarias
de cualquier viaje que se precie. Yo dediqué ese rato aparentemente vacío a buscar
alguna foto escondida por los rincones de la sala de espera. Está claro que en
cualquier momento podemos descubrir América. Mi mirada
dejó de deambular de un lado a otro para quedarse fija en una joven. Una mujer de
aspecto refinado captaba mi atención. Muy morena, bien vestida, lucía un sari
llamativo. Resaltaban la imagen y sus encantos las numerosas pulseras
multicolores de su brazo derecho y un especial decorado de uñas y manos. Me quedé
aturdido contemplando aquella obra de arte. Ella, ajena, ni siquiera levantó la vista
de su móvil. Carraspeé para llamar su atención y cuando me dirigió la mirada le
pregunté en inglés si me daba permiso para fotografiar sus manos. El ligerísimo
aturdimiento que percibí en su expresión me hizo pensar que mi proceder era
infrecuente pero no llegaba a ser impertinente. El desenlace se tradujo en un gesto
de aceptación con la cabeza y un improvisado posado de manos, al que dediqué cuatro
o cinco disparos con mi Canon.
La sonrisa que le dediqué al darle las gracias se quedó congelada al tropezarme de sopetón con la mirada amenazante de un tipo alto, moreno, fuerte y con cara de pocos amigos. No hacía falta ser un profesional de la psiquiatría para darse cuenta de que aquel tipo desaprobaba la situación que acababa de presenciar. Me debatía entre darle la razón a una supuesta osadía por mi parte o a la respuesta positiva de su mujer a mi inocente propuesta fotográfica. Sin tiempo a desentrañar el misterio tomé de inmediato la decisión de hacer mutis por el foro. En estas circunstancias desaparecer del frente activo suele ser casi siempre recomendable. Y saludable muchas veces.
La sonrisa que le dediqué al darle las gracias se quedó congelada al tropezarme de sopetón con la mirada amenazante de un tipo alto, moreno, fuerte y con cara de pocos amigos. No hacía falta ser un profesional de la psiquiatría para darse cuenta de que aquel tipo desaprobaba la situación que acababa de presenciar. Me debatía entre darle la razón a una supuesta osadía por mi parte o a la respuesta positiva de su mujer a mi inocente propuesta fotográfica. Sin tiempo a desentrañar el misterio tomé de inmediato la decisión de hacer mutis por el foro. En estas circunstancias desaparecer del frente activo suele ser casi siempre recomendable. Y saludable muchas veces.


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