Mostrando entradas con la etiqueta Benarés. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Benarés. Mostrar todas las entradas

miércoles, 9 de octubre de 2013

Irse abrasado al más allá

El cuerpo del difunto arde envuelto en llamas
De las almas no hay que preocuparse, continúan su camino. O se lo han ganado y van directamente al paraíso, esté donde esté, o siguen condenadas a penar. Siempre es así. La cuestión está en deshacerse de los cuerpos. Cuando uno se muere, vuelve a la tierra por medio de algún ritual que termina en un enterramiento, o se incinera y queda reducido a cenizas. Los hindúes cuando mueren no son enterrados, se queman. Todo el mundo que puede, cuando nota que se le aproxima la hora, se acerca a orillas del Ganges o de cualquier otro río sagrado, para estar más cerca del paraíso. En India, la ciudad santa de Varanasi es el lugar ideal para morirse. Estás a un paso de las puertas del cielo. En Nepal no hay un lugar específico, pero el templo Pashupatinath, a orillas del río Bagmati, es un punto interesante en el que se pueden observar sin tanto agobio como en Benarés, las ceremonias crematorias.
La cremación es pública y los asistentes apenas prestan atención al ritual

Aunque en la religión católica no hay nada en contra de las incineraciones, el acto de quemar el cuerpo sin vida todavía tiene algo de dantesco, lo tenemos asociado al fuego eterno o a las llamas del infierno. De ahí que no hagamos piras funerarias y que las incineraciones se lleven a cabo de una forma recogida, discreta, silenciosa, casi de puntillas. De hecho, la inmensa mayoría de las defunciones católicas terminan con el enterramiento del cuerpo.
Los altares se van llenando conforme van llegando los cadáveres

En India la selección por castas está presente en todo momento, incluso después de la muerte. En función de la casta y de la categoría social del fallecido la cremación se hará de una forma u otra. Una de las diferencias está en la madera que se utilice y en su precio. La que usan las castas inferiores es la más barata y viene a costar unas 50 rupias el kilo (algo menos de un euro), mientras que las castas de orden superior utilizan el sándalo, cuyo precio se dispara hasta las 3000 rupias el kilo (casi 40 euros). En el medio todo un abanico de posibilidades. Teniendo en cuenta que en una cremación se suelen gastar unos 200 kilos de leña, podemos hacernos una idea de lo que a cada casta le cuesta pasar al otro mundo.Algunas familias hipotecan su casa para poder pagar la cremación de sus seres queridos. En casos extremos, cuando el muerto es muy pobre, se le echa al río directamente sin incinerar.

Algunas personas inspeccionan el lecho del río en busca de joyas u otras piezas de valor

En Varanasi y en otros lugares de India está prohibido hacer fotografías de los crematorios y en las proximidades, lo cual no quiere decir que no se hagan. Es más, la prohibición añade un puntito más de interés al morbo que suele acompañar al visitante occidental de estos lugares. En Nepal se puede asistir a la ceremonia de la cremación y no ponen problema alguno a la toma de imágenes. Ciertamente algo de morbo tiene que haber en esas grandes concentraciones de curiosos que, en medio del hedor y la suciedad, nos pirramos por tener la posibilidad de ver cómo abrasan a un cadáver y lo tiran al río. En Occidente nuestra práctica social va encaminada a distanciarnos de la muerte, no queremos que forme parte de nuestro día a día, la escondemos. En India es todo lo contrario. Lo que se hace es poner en evidencia constante que somos efímeros, convivir con la muerte, tenerla presente continuamente, para que así no resulte ajena, para no temerla.
La pira arde durante unas tres horas, el tiempo que tarda en destruirse el cuerpo

Los cadáveres llegan  a los crematorios rodeados de los cánticos de los porteadores y envueltos en alguna tela (si es hombre o viuda una sábana blanca, si es una mujer un paño rojo con algún adorno dorado) y atados con cinchas a una estructura de bambú a modo de camilla. En algunos casos llegan recubiertos con bosta de vaca, sagrada y de gran capacidad calórica como combustible. En contra de lo que sucede aquí, en India las cenizas no se las lleva la familia a su casa, se tiran al río. Los que trabajan en los crematorios rebuscan para tratar de encontrar alguna joya entre los restos.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Benarés, un bullicio sagrado que aturde





Varanasi (Benarés) es uno de los puntos críticos de la India. Difícil de describir pero impactante como ningún otro, es el lugar de la fe, la antesala del paraíso, una de las siete ciudades sagradas del hinduísmo y posiblemente una de las más antiguas del mundo. Aquí, además, llegó Buda hace 25 siglos. Después, múltiples invasiones musulmanas arrasaron una y otra vez los templos sagrados para imponer sus mezquitas. Aquí, en el siglo XV, Tulsi Das tradujo el Ramayana del sánscrito al hindi, lo que se considera el renacimiento de la cultura hindú. Aquí, miles de peregrinos llegan durante todo el año para realizar sus ritos de purificación que les permitirán alcanzar el paraíso y para entregar sus ofrendas al dios sol. Muchos de ellos son personas moribundas que pasan sus últimos días en las escalinatas de mármol a orillas del Ganges (gaths), deseando que les llegue la muerte en la ciudad santa para poder romper el ciclo de las reencarnaciones y ascender al cielo.











Benarés fascina y aturde. Benarés es una ciudad desbordada, rebosante de peregrinos esperanzados, quimérica, excesiva, repleta de emociones y totalmente inabarcable para el que no la vive de cerca. Varanasi le queda grande a todo el que es ajeno. Un bullicio sagrado permanente, un paraíso complicado de compartir y unas callejuelas laberínticas y alocadas proporcionan a "la ciudad de la luz" ese magnetismo feroz que la caracteriza y a la vez la hace extraña para el intruso. Intensamente cargadas de mendigos y de brahmanes, de ofrendas y de moribundos, con olores intensos a dioses, a carne quemada, a templos, a altares y a excrementos de vaca sagrada, las místicas orillas del Ganges paralizan sin compasión al visitante, al tiempo que esperan pacientes el momento para acoger en su lecho eterno las cenizas infinitas de la muerte y darles vida.