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miércoles, 29 de enero de 2014

Entre brahmanes y santones


Para la mayoría de los que estamos distantes de las culturas orientales, hablar de gurús, de santones o de brahmanes viene a ser lo mismo. No vemos la diferencia. Pensamos en personas especiales a las que se concede una autoridad moral y que tienen capacidad para ejercer un liderazgo religioso o pseudoreligioso, pero podríamos meterlos sin demasiados problemas a todos en el mismo saco. En conjunto vendrían a ser los voceros de la doctrina, los más sabios, los predicadores de la fe, los apóstoles dentro de una religión como el hinduismo.

Pero, una vez que te acercas, la cosa tiene sus matices. Dentro del sistema de castas que rige la sociedad india, los brahmanes son la casta superior, el vértice más alto de la pirámide. Son los sacerdotes, los maestros, los que marcan las directrices del quehacer social, los sabios, los que indican a los demás el camino a seguir. Dicen ser portadores del mismo Brahman, el poder sagrado que sostiene el universo.

En la vida de cualquier hindú hay varias fases, la cuarta fase, después de estudiar, ser padre y peregrino, es el ascetismo. El término sadhu, o santón, hace referencia a místicos, ascetas, practicantes de yoga y monjes que llamados por un gurú (maestro), se marginan de la sociedad. Se desentienden de todos los lazos familiares, renuncian a su mujer e hijos, a sus propiedades, a su nombre, a los dioses familiares, a la ropa del hombre normal, no tienen posesiones y reducen sus necesidades al mínimo de supervivencia para concentrarse en alcanzar una realidad más elevada. No vuelven a cortarse la cabellera ni la barba y dependen de la caridad de los demás pues no pueden trabajar. Las donaciones que les hacen son consideradas como “ofrendas a los dioses”, que favorecen la acumulación de buen karma.

Los sadhus son respetados como hombres sagrados, a los que se les atribuyen una sabiduría y unos poderes sobrenaturales. Excluyen toda clase de pensamientos o deseos de odio, de violencia o sexuales. Se va a vivir a la selva, en cuevas o a las montañas y se alimentan de hierbas y raíces. Algunos se quedan deambulando por aldeas y ciudades, viviendo de limosnas. Unos pocos se marchan, viajan a Occidente convertidos en gurús, en predicadores y en fundadores de sectas. En total se calcula que son unos 11 millones de personas. La práctica totalidad de los santones son varones. Se habla de que un 10% son mujeres, llamadas sadhvis, que generalmente toman este camino después de enviudar, pues es casi la única manera de escapar a la muerte en vida a la que son condenadas por la sociedad.

También hay falsos sadhus. Es relativamente frecuente encontrar en los sitios turísticos santones semidesnudos y pintados como actores. Tienen otro aspecto, incluso otra expresión y su atuendo es mucho menos austero. Les gusta llamar la atención. Se exhiben públicamente para que los curiosos les miren, les fotografíen y les den algún dinero. 

miércoles, 9 de octubre de 2013

Irse abrasado al más allá

El cuerpo del difunto arde envuelto en llamas
De las almas no hay que preocuparse, continúan su camino. O se lo han ganado y van directamente al paraíso, esté donde esté, o siguen condenadas a penar. Siempre es así. La cuestión está en deshacerse de los cuerpos. Cuando uno se muere, vuelve a la tierra por medio de algún ritual que termina en un enterramiento, o se incinera y queda reducido a cenizas. Los hindúes cuando mueren no son enterrados, se queman. Todo el mundo que puede, cuando nota que se le aproxima la hora, se acerca a orillas del Ganges o de cualquier otro río sagrado, para estar más cerca del paraíso. En India, la ciudad santa de Varanasi es el lugar ideal para morirse. Estás a un paso de las puertas del cielo. En Nepal no hay un lugar específico, pero el templo Pashupatinath, a orillas del río Bagmati, es un punto interesante en el que se pueden observar sin tanto agobio como en Benarés, las ceremonias crematorias.
La cremación es pública y los asistentes apenas prestan atención al ritual

Aunque en la religión católica no hay nada en contra de las incineraciones, el acto de quemar el cuerpo sin vida todavía tiene algo de dantesco, lo tenemos asociado al fuego eterno o a las llamas del infierno. De ahí que no hagamos piras funerarias y que las incineraciones se lleven a cabo de una forma recogida, discreta, silenciosa, casi de puntillas. De hecho, la inmensa mayoría de las defunciones católicas terminan con el enterramiento del cuerpo.
Los altares se van llenando conforme van llegando los cadáveres

En India la selección por castas está presente en todo momento, incluso después de la muerte. En función de la casta y de la categoría social del fallecido la cremación se hará de una forma u otra. Una de las diferencias está en la madera que se utilice y en su precio. La que usan las castas inferiores es la más barata y viene a costar unas 50 rupias el kilo (algo menos de un euro), mientras que las castas de orden superior utilizan el sándalo, cuyo precio se dispara hasta las 3000 rupias el kilo (casi 40 euros). En el medio todo un abanico de posibilidades. Teniendo en cuenta que en una cremación se suelen gastar unos 200 kilos de leña, podemos hacernos una idea de lo que a cada casta le cuesta pasar al otro mundo.Algunas familias hipotecan su casa para poder pagar la cremación de sus seres queridos. En casos extremos, cuando el muerto es muy pobre, se le echa al río directamente sin incinerar.

Algunas personas inspeccionan el lecho del río en busca de joyas u otras piezas de valor

En Varanasi y en otros lugares de India está prohibido hacer fotografías de los crematorios y en las proximidades, lo cual no quiere decir que no se hagan. Es más, la prohibición añade un puntito más de interés al morbo que suele acompañar al visitante occidental de estos lugares. En Nepal se puede asistir a la ceremonia de la cremación y no ponen problema alguno a la toma de imágenes. Ciertamente algo de morbo tiene que haber en esas grandes concentraciones de curiosos que, en medio del hedor y la suciedad, nos pirramos por tener la posibilidad de ver cómo abrasan a un cadáver y lo tiran al río. En Occidente nuestra práctica social va encaminada a distanciarnos de la muerte, no queremos que forme parte de nuestro día a día, la escondemos. En India es todo lo contrario. Lo que se hace es poner en evidencia constante que somos efímeros, convivir con la muerte, tenerla presente continuamente, para que así no resulte ajena, para no temerla.
La pira arde durante unas tres horas, el tiempo que tarda en destruirse el cuerpo

Los cadáveres llegan  a los crematorios rodeados de los cánticos de los porteadores y envueltos en alguna tela (si es hombre o viuda una sábana blanca, si es una mujer un paño rojo con algún adorno dorado) y atados con cinchas a una estructura de bambú a modo de camilla. En algunos casos llegan recubiertos con bosta de vaca, sagrada y de gran capacidad calórica como combustible. En contra de lo que sucede aquí, en India las cenizas no se las lleva la familia a su casa, se tiran al río. Los que trabajan en los crematorios rebuscan para tratar de encontrar alguna joya entre los restos.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Rickshaw: sobrevivir a golpe de pedal



En muchos lugares de la India ya están motorizados, pero en Varanasi, en Amritsar o en Jaipur, por ejemplo, todavía abundan. Realmente algo te amarga las tripas al coger un rickshaw de los de verdad, de los de tracción animal, de los que  mueven las piernas de un tipo harapiento y escuálido que no se atreve ni a mirarte a la cara. Los empujan a golpe de pedal los más desfavorecidos, esos intocables que resultan invisibles a los ojos de otras castas. Para estos hombres el rickshaw no solamente es su actividad, su medio de vida, su trabajo, su sustento, en muchos casos esa bicicleta vieja y destartalada es su único hogar. En ella pasan el día, en ella comen y en ella duermen. Están permanentemente a la espera de que alguien les compre el esfuerzo inhumano por unas pocas rupias. 



Puede parecer muy “typical” pero es verdaderamente humillante observar desde la altura del sillón privilegiado cómo el hombre se retuerce, cómo se muere sobre el pedal, cómo se le revientan los gemelos para conseguir mover el peso del vehículo con dos, tres o cuatro pasajeros cuando el camino se empina y cómo se baja con habilidad felina para continuar la carrera impulsando el triciclo con las manos cuando ya las piernas no son capaces de seguir un paso más.



En Varanasi cogimos rickshaws. Nosotros sí los vemos, nosotros si vamos con el corazón encogido observando el esfuerzo titánico que realizan, nosotros no podemos evitar ser conscientes de cómo culebrea, cómo se le empapa la espalda, cómo traga saliva, cómo se le rompen a cachos los riñones. Hay que refugiarse para vivir este dolor, justificarse para servirse de ellos, para utilizarlos. Y una razón de peso es tener la oportunidad de darles unas monedas, ser conscientes de que nuestro abuso les va a permitir comer otro día. Algunos lo tienen muy difícil. Los años no perdonan. La gente rechaza a los mayores porque, como los animales viejos, ya no valen para hacer el trabajo que hacían. Pero ellos no cejan. Se colocan en las zonas sin desniveles esperando que alguien despistado no se fije en sus canas y les contrate. Si fallan el cliente les insultará y no tendrán derecho ni a una moneda. Si ganan será una carrera robada que le permitirá comer un día más. Y así hasta el final. Muchos de ellos morirán en el rickshaw.





miércoles, 7 de agosto de 2013

De castas y matrimonios

El cielo está enfadado esta mañana. Parece querer empezar a vomitar fuego a diestro y siniestro. Este 14 de julio amanece abrasador en Delhi. Después de desayunar exquisitamente dejamos a hora temprana la confortabilidad del lujurioso hotel Taj Mahal para desplazarnos hasta Jaipur. 
El viaje  lo hacemos en autocar y al poco tiempo de arrancar ya nos damos cuenta de que el trayecto va a resultar pesado. No es mucha distancia la que hay entre las dos ciudades, unos 265 kms aproximadamente, pero  la carretera es lenta. No avanzamos, los kilómetros se suceden con cuentagotas, hay que ir haciendo continuas paradas, el tráfico es bastante caótico. Inconvenientes mil de índole diversa nos van metiendo en el cuerpo la sensación de que aquello no se va a acabar nunca. Vacas en medio del camino que, orgullosas, ejercen su derecho a no querer apartarse, interrupciones cada pocos kilómetros para pagar los peajes cuando cambiamos de provincia y una carretera en mal estado hacen que el avance sea muy lento.

Sushil, desde el micrófono del autocar, se empeña en hacernos un poco más llevadero el camino y con la mejor de las intenciones se lía a contarnos cosas acerca de las castas y del matrimonio. En la India, el sistema de castas divide a la sociedad en grupos poco conectados entre sí, asignándole de antemano y para siempre a cada uno un papel, dentro del estrato social que le corresponde por su cuna. Por culpa de esta rígida estratificación, el individuo pertenece a ese grupo en el que ha nacido sin posibilidad de cambiar.


En la parte más alta de esta pirámide están los sacerdotes, los maestros, los que marcan las directrices del quehacer social, los que indican a los demás el camino a seguir. Ellos son los brahmanes. Detrás de ellos en un segundo peldaño se encuentran los kshatriyas, un espacio preferente reservado a los nobles y a los guerreros. Se puede decir que son los selectos, lo más granado de la sociedad después de la élite. A esta casta pertenece Sushil, nuestro guía. En una tercera instancia están los vaishyas, algo así como el grueso del pelotón, una parcela en principio reservada a mercaderes y negociantes, que se complementa con todos los que ejercen actividades con alguna clase de cualificación. Finalmente, cerrando el pelotón, encontramos a los sudras, una casta básicamente compuesta por campesinos, obreros y artesanos, la fuerza bruta de la sociedad. A cada una de estas cuatro categorías se le asigna desde arriba hasta abajo una parte del cuerpo según su categoría o su importancia. A los primeros les corresponde la cabeza, a los siguientes el pecho y los brazos, a la tercera casta el abdomen hasta la cadera. mientras que la parte baja, el resto del cuerpo hasta los pies, se le asigna a la cuarta casta. Fuera de cualquier clasificación se encuentran los llamados intocables, que son los marginados, aquellos a los que se les encomiendan las labores más duras, los trabajos más impuros y las tareas degradantes. Por ello y debido a la actividad que están obligados a realizar, a éstos no se les puede incluir en la escala de las castas. Serían los descastados.

Desde nuestro mundo, muy distante, no cabe duda de que este sistema social basado en las castas fue una construcción ideológica elaborada por los grupos dominantes y santificada por el hinduismo para mantener el control de la sociedad, asegurar la sumisión y el sometimiento de los menos favorecidos, así como para salvaguardar la posición de privilegio de la que gozaban las castas superiores.

Paramos a comer en el Hotel Samode Palace, unos 40 kms al noroeste de Jaipur. El palacio, de arquitectura Rajput-mogol construido en el siglo XVIII es impresionante y está muy bien conservado. Resulta especialmente llamativo el salón de los Espejos (Durbar Hall). La recepción con todo el ritual de bienvenida. 


En la comida continuamos hablando de lo que nos ha contado Sushil acerca del matrimonio. En India la gran mayoría de los matrimonios (se calcula que más del 90%) son concertados, algo que resulta difícilmente asimilable para cualquier occidental.

Los indios realmente nunca se dedican a buscar pareja. La pareja se la encuentran hecha y son los padres los encargados de la tarea. Sushil nos muestra el periódico, en el cual hay una sección importante (Matrimonial), en la que los padres (a un precio importante) insertan anuncios solicitando pareja para su hijo/a. En cada anuncio se incluyen las características más reseñables del curriculum: lugar, fecha y hora de nacimiento (muy importante para la carta astral, que juega un papel fundamental en la vida de los indios), la altura, la religión y la raza, el lugar de residencia, los estudios realizados, idiomas que habla,  el puesto de trabajo que ocupa y el sueldo que percibe. Las familias hacen una primera selección con todos aquellos que puedan ser de interés. Después se ponen en contacto las familias y conciertan citas hasta encontrar la pareja ideal para sus hijos que, en ningún momento cuestionan la selección llevada a cabo. Todo lo relativo a la boda no lo organizan los novios, sino las familias. Los novios solamente se ven unas pocas veces antes de la boda. Ellos están satisfechos porque por fin van a tener una pareja, una pareja que le han elegido con mucho mimo sus padres y que, por tanto, será la mejor.



Está claro que supone un choque de culturas importante pero todo parece indicar que el sistema está muy enraizado entre la población india y que les funciona porque no hay rebelión por parte de los jóvenes.

Al terminar la comida los monzones se hacen ver en forma de chaparrón copioso que dificulta circunstancialmente la salida del Palacio.