domingo, 10 de noviembre de 2013

Tropezarse con la mirada de Buda





Y de repente, al doblar un recodo, ante nosotros, como surgida majestuosamente de la nada, la enorme estupa de Bodhanath, considerada una de las más grandes del mundo. Una plaza gigantesca ocupada en su totalidad por un monumento colosal o una estupa grandiosa que ha generado un templo de fervor en la plaza. Estupor, expectación, rostros y actitudes paralizados, gestos absortos ante la mirada penetrante de Buda que desde las alturas escudriña los cuatro puntos cardinales. Los disparos de las cámaras y los flashes interrumpen la pureza del instante. Miles de personas circunvalan ordenadamente el corazón del budismo tibetano en Kathmandú. Una rueda humana mueve el fervor creyente de manera continua. A pesar de la distancia que me separa de los credos religiosos, noto cómo los ojos de Buda tratan de arañarme al alma.




Pasado el primer momento, se puede disfrutar con intensidad del misticismo que gira en torno al gran dios que todo lo ve, se puede palpar el ritmo acompasado de las vidas errantes dando vueltas insistentemente alrededor del más allá. Un gran cono central, una inmensa estupa dirige los movimientos de los fieles, de los penitentes y de los devotos que giran y giran en este singular templo callejero. Una súplica circular pide fervorosamente al todopoderoso dios del tiempo el regalo imposible de la eternidad. La gran rueda de la vida no parará de dar vueltas hasta terminar atrapándonos a todos. 





lunes, 4 de noviembre de 2013

Un templo invertido


Te estás moviendo por la India y de repente te tropiezas con un inmenso foso armónico, una maravillosa composición de piedra escalonada que crece hacia el fondo, un descenso gradual, acompasado  y rítmico hasta las mismísimas entrañas de la tierra. Esta agujero espectacular, esta sorpresa arquitectónica de cuidada geometría está a unos pocos kilómetros de Jaipur camino de Agra, en la localidad de Abhaneri, a una hora o dos por carretera desde esta gran ciudad del estado de Rajastán. Se llama Chand Baori. Es una especie de aljibe gigantesco, de aspecto llamativo y muy original, situado frente al templo de Harshat Mata. Los baoris son construcciones relativamente frecuentes en India. En síntesis se trata de pozos con forma de tronco de pirámide invertida, formados por varias terrazas a distintos niveles, unidas por diferentes tramos de escalera.Se calcula que llegaron a construirse unos tres mil y todavía se conservan varios cientos de ellos.


La sensación visual es chocante porque, en definitiva, sientes que te encuentras ante algo extraño, una especie de edificio al revés, un monumento excavado, una deconstrucción, un templo que crece hacia abajo nada menos que con 13 niveles de profundidad. El acceso a los mismos se realiza gracias a los 3500 escalones que se han construido en los laterales. No se permite bajar, únicamente es observable desde la superficie. Según parece, la construcción data de principios del siglo IX y es innegable que resulta espectacular a la vista y muy tentador para los captadores de imágenes, que no paran de disparar sus cámaras. Otro de sus alicientes es que prácticamente no hay visitantes y en el lugar se respira la calma en silencio. 


Al fondo, unos 30 metros por debajo de la superficie, un gran depósito de aguas verdosas pone la nota de color llamativo al tono uniforme del conjunto pétreo. La disposición estratégica de sus múltiples escaleras invita a las composiciones fotográficas y tienta al observador a descender a los diferentes niveles, si bien el acceso a las mismas no está permitido. Algunos niños buscan hablar con el visitante e intentan obtener algún resultado positivo de la charla.





martes, 15 de octubre de 2013

Sagrado como una vaca

Cuando aquí decimos "te lo juro por lo más sagrado" no pensamos en una vaca. En España la vaca es una animal admirado y querido. Rubia gallega, tudanca o frisona son razas de referencia muy apreciadas por su carne y su leche. En el medio rural, la subsistencia de muchas familias sigue dependiendo de ellas y es por ello por lo que se las cuida y se las mima. En ocasiones, se les tiene más cariño incluso que a algunos miembros de la familia. Pero, ni siquiera en esos casos se dice ni se piensa que sea un animal sagrado. Para nosotros lo sagrado tiene una dimensión diferente.
Una de las cosas que llaman la atención a los occidentales es que las vacas sean sagradas. Para el hinduismo todo lo que proviene de una vaca es sagrado. Por extraño que resulte a nuestros ojos, el cuerpo de la vaca aloja escondidos alrededor de 330 millones de dioses y diosas. Al margen de este carácter divino, para los hindúes la vaca representa la abundancia, la fecundidad y la naturaleza, simboliza a a la madre y es la proveedora de leche y otros alimentos. En India la vaca está protegida por ley. Nadie se atreve a matar a una vaca (además está penalizado), pero tampoco a perseguirla ni a maltratarla. Es más, ni siquiera a molestarla. Ciertamente resulta chocante que las vacas sean las “reinas” de la calle al mismo tiempo que sea tan palpable la pobreza existente y tan conocido el dato de que muchos millones de indios se mueren de hambre. ¿Son justos los dioses?
Ahora bien, ese carácter sagrado que el hinduismo confiere a las vacas no solo responde a razones religiosas sino que también está amparado por el pragmatismo de las razones económicas. En primer lugar hay que tener en cuenta que India es un país fundamentalmente agrícola y sin industrializar. Esto significa directamente que se precisa tracción animal para arar la tierra y para el resto de los trabajos en el campo. Si se sacrificasen las vacas no habría suficientes animales para realizar las tareas agrícolas. En segundo lugar están todos los productos que brinda la vaca. Además de los alimentos, la leche, la cuajada, los quesos y la mantequilla, el estiércol de vaca es un combustible con gran capacidad calórica, que también se utiliza como fertilizante, como repelente de mosquitos, como aislante y como material de construcción. También la orina se aprovecha como desinfectante y, por si esto fuera poco, se ha lanzado recientemente al mercado un refresco de cola que ha tenido enorme aceptación, hecho con hierbas medicinales y orina de vaca. Por todo ello es fácil concluir que los dioses salvan a las vacas porque son sagradas y porque resulta más beneficioso mantenerlas vivas.

La realidad es que las vacas, muchas veces escuálidas, campan a sus anchas por las calles, en las escaleras de un templo o en medio de la carretera y se las puede encontrar en los lugares más insospechados, sin que nadie, por mucha lata que den, se atreva a molestarlas.




miércoles, 9 de octubre de 2013

Irse abrasado al más allá

El cuerpo del difunto arde envuelto en llamas
De las almas no hay que preocuparse, continúan su camino. O se lo han ganado y van directamente al paraíso, esté donde esté, o siguen condenadas a penar. Siempre es así. La cuestión está en deshacerse de los cuerpos. Cuando uno se muere, vuelve a la tierra por medio de algún ritual que termina en un enterramiento, o se incinera y queda reducido a cenizas. Los hindúes cuando mueren no son enterrados, se queman. Todo el mundo que puede, cuando nota que se le aproxima la hora, se acerca a orillas del Ganges o de cualquier otro río sagrado, para estar más cerca del paraíso. En India, la ciudad santa de Varanasi es el lugar ideal para morirse. Estás a un paso de las puertas del cielo. En Nepal no hay un lugar específico, pero el templo Pashupatinath, a orillas del río Bagmati, es un punto interesante en el que se pueden observar sin tanto agobio como en Benarés, las ceremonias crematorias.
La cremación es pública y los asistentes apenas prestan atención al ritual

Aunque en la religión católica no hay nada en contra de las incineraciones, el acto de quemar el cuerpo sin vida todavía tiene algo de dantesco, lo tenemos asociado al fuego eterno o a las llamas del infierno. De ahí que no hagamos piras funerarias y que las incineraciones se lleven a cabo de una forma recogida, discreta, silenciosa, casi de puntillas. De hecho, la inmensa mayoría de las defunciones católicas terminan con el enterramiento del cuerpo.
Los altares se van llenando conforme van llegando los cadáveres

En India la selección por castas está presente en todo momento, incluso después de la muerte. En función de la casta y de la categoría social del fallecido la cremación se hará de una forma u otra. Una de las diferencias está en la madera que se utilice y en su precio. La que usan las castas inferiores es la más barata y viene a costar unas 50 rupias el kilo (algo menos de un euro), mientras que las castas de orden superior utilizan el sándalo, cuyo precio se dispara hasta las 3000 rupias el kilo (casi 40 euros). En el medio todo un abanico de posibilidades. Teniendo en cuenta que en una cremación se suelen gastar unos 200 kilos de leña, podemos hacernos una idea de lo que a cada casta le cuesta pasar al otro mundo.Algunas familias hipotecan su casa para poder pagar la cremación de sus seres queridos. En casos extremos, cuando el muerto es muy pobre, se le echa al río directamente sin incinerar.

Algunas personas inspeccionan el lecho del río en busca de joyas u otras piezas de valor

En Varanasi y en otros lugares de India está prohibido hacer fotografías de los crematorios y en las proximidades, lo cual no quiere decir que no se hagan. Es más, la prohibición añade un puntito más de interés al morbo que suele acompañar al visitante occidental de estos lugares. En Nepal se puede asistir a la ceremonia de la cremación y no ponen problema alguno a la toma de imágenes. Ciertamente algo de morbo tiene que haber en esas grandes concentraciones de curiosos que, en medio del hedor y la suciedad, nos pirramos por tener la posibilidad de ver cómo abrasan a un cadáver y lo tiran al río. En Occidente nuestra práctica social va encaminada a distanciarnos de la muerte, no queremos que forme parte de nuestro día a día, la escondemos. En India es todo lo contrario. Lo que se hace es poner en evidencia constante que somos efímeros, convivir con la muerte, tenerla presente continuamente, para que así no resulte ajena, para no temerla.
La pira arde durante unas tres horas, el tiempo que tarda en destruirse el cuerpo

Los cadáveres llegan  a los crematorios rodeados de los cánticos de los porteadores y envueltos en alguna tela (si es hombre o viuda una sábana blanca, si es una mujer un paño rojo con algún adorno dorado) y atados con cinchas a una estructura de bambú a modo de camilla. En algunos casos llegan recubiertos con bosta de vaca, sagrada y de gran capacidad calórica como combustible. En contra de lo que sucede aquí, en India las cenizas no se las lleva la familia a su casa, se tiran al río. Los que trabajan en los crematorios rebuscan para tratar de encontrar alguna joya entre los restos.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Rickshaw: sobrevivir a golpe de pedal



En muchos lugares de la India ya están motorizados, pero en Varanasi, en Amritsar o en Jaipur, por ejemplo, todavía abundan. Realmente algo te amarga las tripas al coger un rickshaw de los de verdad, de los de tracción animal, de los que  mueven las piernas de un tipo harapiento y escuálido que no se atreve ni a mirarte a la cara. Los empujan a golpe de pedal los más desfavorecidos, esos intocables que resultan invisibles a los ojos de otras castas. Para estos hombres el rickshaw no solamente es su actividad, su medio de vida, su trabajo, su sustento, en muchos casos esa bicicleta vieja y destartalada es su único hogar. En ella pasan el día, en ella comen y en ella duermen. Están permanentemente a la espera de que alguien les compre el esfuerzo inhumano por unas pocas rupias. 



Puede parecer muy “typical” pero es verdaderamente humillante observar desde la altura del sillón privilegiado cómo el hombre se retuerce, cómo se muere sobre el pedal, cómo se le revientan los gemelos para conseguir mover el peso del vehículo con dos, tres o cuatro pasajeros cuando el camino se empina y cómo se baja con habilidad felina para continuar la carrera impulsando el triciclo con las manos cuando ya las piernas no son capaces de seguir un paso más.



En Varanasi cogimos rickshaws. Nosotros sí los vemos, nosotros si vamos con el corazón encogido observando el esfuerzo titánico que realizan, nosotros no podemos evitar ser conscientes de cómo culebrea, cómo se le empapa la espalda, cómo traga saliva, cómo se le rompen a cachos los riñones. Hay que refugiarse para vivir este dolor, justificarse para servirse de ellos, para utilizarlos. Y una razón de peso es tener la oportunidad de darles unas monedas, ser conscientes de que nuestro abuso les va a permitir comer otro día. Algunos lo tienen muy difícil. Los años no perdonan. La gente rechaza a los mayores porque, como los animales viejos, ya no valen para hacer el trabajo que hacían. Pero ellos no cejan. Se colocan en las zonas sin desniveles esperando que alguien despistado no se fije en sus canas y les contrate. Si fallan el cliente les insultará y no tendrán derecho ni a una moneda. Si ganan será una carrera robada que le permitirá comer un día más. Y así hasta el final. Muchos de ellos morirán en el rickshaw.





viernes, 20 de septiembre de 2013

Benarés, un bullicio sagrado que aturde





Varanasi (Benarés) es uno de los puntos críticos de la India. Difícil de describir pero impactante como ningún otro, es el lugar de la fe, la antesala del paraíso, una de las siete ciudades sagradas del hinduísmo y posiblemente una de las más antiguas del mundo. Aquí, además, llegó Buda hace 25 siglos. Después, múltiples invasiones musulmanas arrasaron una y otra vez los templos sagrados para imponer sus mezquitas. Aquí, en el siglo XV, Tulsi Das tradujo el Ramayana del sánscrito al hindi, lo que se considera el renacimiento de la cultura hindú. Aquí, miles de peregrinos llegan durante todo el año para realizar sus ritos de purificación que les permitirán alcanzar el paraíso y para entregar sus ofrendas al dios sol. Muchos de ellos son personas moribundas que pasan sus últimos días en las escalinatas de mármol a orillas del Ganges (gaths), deseando que les llegue la muerte en la ciudad santa para poder romper el ciclo de las reencarnaciones y ascender al cielo.











Benarés fascina y aturde. Benarés es una ciudad desbordada, rebosante de peregrinos esperanzados, quimérica, excesiva, repleta de emociones y totalmente inabarcable para el que no la vive de cerca. Varanasi le queda grande a todo el que es ajeno. Un bullicio sagrado permanente, un paraíso complicado de compartir y unas callejuelas laberínticas y alocadas proporcionan a "la ciudad de la luz" ese magnetismo feroz que la caracteriza y a la vez la hace extraña para el intruso. Intensamente cargadas de mendigos y de brahmanes, de ofrendas y de moribundos, con olores intensos a dioses, a carne quemada, a templos, a altares y a excrementos de vaca sagrada, las místicas orillas del Ganges paralizan sin compasión al visitante, al tiempo que esperan pacientes el momento para acoger en su lecho eterno las cenizas infinitas de la muerte y darles vida. 





domingo, 15 de septiembre de 2013

Taj Mahal, el aroma de lo divino


Es innegable que mucha gente se siente especialmente atraída por conocer los sitios de mucho renombre, por estar junto a lo más destacado, visitar los lugares más famosos, palpar los iconos, acceder a la crème de la crème, tocar la maravilla, abrazar a los dioses.

Particularmente siempre he preferido la belleza de lo sencillo, me atrae lo de a pie, el encanto de lo normal, lo especial de todos los días, la singularidad de lo del montón. Lo cual no quiere decir que no admire lo extraordinario.

Por otra parte, es cierto que nadie tiene valor de volver de India sin visitar en la ciudad de Agra ese lugar mítico, singular, archiconocido y legendario llamado Taj Mahal. Este mausoleo tan especial está considerado una de las siete maravillas del mundo moderno y catalogado como Patrimonio de la Humanidad. Yo no podía ser menos.
A pesar de haber atravesado la puerta de acceso al monumento más visitado del planeta con cierta dosis de escepticismo, no niego que en unos segundos me sentí impresionado y tengo que reconocer, después de haber experimentado una sensación de plenitud al pararme ante el impresionante mausoleo, que realmente hay algo que irradia el Taj Mahal y que contagia a los visitantes. Hay fuerzas ocultas. El lugar emana un flujo invisible que deja aturdido a todo el que entra en su radio de acción. Algo hace que el mero hecho de situarse frente a este monumento legendario conmocione al observador. Sin tener en cuenta para nada la trágica, morbosa y hermosa historia de amor que acompaña al espacio, es difícil no sentir una especie de escalofrío ante esta joya arquitectónica de mármol blanco.

Desde que entras al complejo te embelesa el perfil sublime del monumento, sientes una irresistible tentación de caminar a toda prisa bordeando el estanque central para llegar al edificio principal y tocar con los dedos la piedra magnética, ese mármol blanco que dicen cambia de color con la luz del sol y del que no has podido desviar la mirada desde que has entrado al recinto. Y así lo haces. Y a partir de ahí te sientes impregnado del aroma de lo divino.

Se sabe que el Taj Mahal tardó más de 20 años en construirse y que es un regalo póstumo de un emperador mogol (Shah Jahan) a su mujer preferida (Mumtaz Mahal), a la que prometió en su lecho de muerte construir un monumento en su honor que no pudiese ser igualado en el mundo. Ciertamente el enamorado se empeñó en cumplir su promesa y consiguió construir un mausoleo espectacular para su esposa del alma a orillas del sagrado río Yamuna. Se da por verdad que el emperador mandó asesinar a la prometida del arquitecto más célebre del imperio para que así éste pudiera tener una medida auténtica de su dolor. También se da por cierto que el emperador, tras acabar la obra, ordenó cortar las manos y cegar a todos los trabajadores que habían intervenido en el proyecto para que así no pudiesen repetir nada semejante. Éstas y otras leyendas mantienen vivo el mito de la más bella historia de amor jamás contada, aunque existen serias dudas de que hayan sucedido tal como se cuentan. Que no hubiera sido así no resta un ápice de belleza al majestuoso complejo.